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    lunes, 15 de diciembre de 2008

    Medio Ironman: cuando la meta está en la salida

    Terminé. Eso resume el premio principal. El sábado 13 de diciembre, en el municipio de Darien, Valle, en el lago Calima, nadé 1900 metros, monté 90 kilómetros en bicicleta y rematé con una carrera a píe de 21 kilómetros. No fuí el único, ni el más rápido. 100 personas más, entre profesionales y aficionados, se le midieron al reto. El Medio Ironman de Calima es, quizá, una de las pruebas deportivas más duras del país, y claramente la válida de triatlón más difícil. Se trata de un recorrido ondulante, con varios repechos tendidos y empinados, que rompe las piernas de los mejores. El sol calienta a unos 25, 27 grados y la carrera se hace en solitario, con poco público. Es un reto intenso que pone a prueba cuerpo y mente.

    La carrera comenzó hace 4 meses, poco antes de mi matrimonio. Había decidido entrenar para correr la maratón de Bogotá. Calima era una posibilidad, pero dependía de muchos factores fuera de mi control: dinero, salud, tiempo. La meta más cercana al momento de comenzar los entrenamientos era la maratón de Bogotá. Correría 42 kilómetros, a 2600 metros sobre el nivel del mar un domingo de octubre. La carrera para calima empezó con este entrenamiento. Nadábamos, montábamos y corríamos. Fueron 4 meses intensos, de despertarse a las 4 de la mañana para montar 94 kilómetros un martes o jueves cualquiera, de meterse a nadar una noche lluviosa en Bogotá, o de correr varias horas por la ciclovía. Hubo 2 carreras en la mitad: la media maratón de Guatavita de 21 kilómetros (ese día corrí 36) y los 10 kilómetros del Club los Arrayanes donde me sentí muy bien. Corrí la maratón de Bogotá, había entrenado un poco menos que mis compañeros de equipo. Sin embargo, hasta el kilómetro 30 llevaba buen ritmo y todo apuntaba a que lograría terminar la carrera con un resultado excelente para mi nivel deportivo. En el kilómetro 31, una lesión en mi píe derecho, me dañó la concentración. Seguí corriendo cojo, unos quinientos metros y decidí parar para mover el dedo gordo del pie. Esa fue quizás la peor decisión. Una vez paré, no pude volver a correr y tuve que caminar cojeando y sufriendo por 6 kilómetros más. Hacía el kilómetro 38 el dolor era tan fuerte que caminaba 10 metros, me detenía, movía el dedo. Trataba de repetirme, solo quedan 4 kilómetros. En ese momento llevaba algo más de 4 horas de carrera y más de 1 hora de dolor. Al cruzar el kilómetro 38, tomé una muy difícil decisión: retirarme de la carrera. 2 meses de entrenamiento frustrados.

    Con todo, mi fuerza mental me decía que podía con retos físicos de ese nivel y esa misma tarde, el domingo 18 de octubre, le escribí a mi entrenador que correría, completo, el medio Ironman de Calima. Fue así, como no hubo tiempo de una recuperación completa por la maratón y nos dimos a la tarea de continuar con el entrenamiento el siguiente mes y medio. MI convicción interior era tan fuerte que, pese a que tenía trabajo, y un equipo laboral que liderar, entrené con mucha fuerza y noté mejoras importantes montado sobre la bici, en los recorridos de natación y pude resistir el dolor en mi dedo durante la carrera a píe. No puedo decir que mi entrenamiento fue perfecto y que seguí a letra pegada todo el plan; me comí algunos kilómetros un par de ocasiones, y por algunos compromisos familiares y labores dejé de ir otro par de entrenamientos. Lo cierto es que,en términos generales, entrené con ánimo recto lo que decía mi plan. De ahí las mejoras en los tiempos individuales de las tres disciplinas que componen el triatlón. Muchas sacrificios implica entrenar: sacrificios en sueño, en tiempo para mirar el techo, para poder trabajar más tiempo, para quedarse más tarde en las fiestas de los amigos, para visitar a la familia. Sacrificios en presencia a eventos, en llegadas más temprano a la oficina, en afanar el día a día. Sacrificios que, a veces, parecen no tener justificación, pero que comprenden mejor cuando se cruza la meta.

    Así es como, el jueves 11 de diciembre, cuando salimos en carro para Calima, se sentía como un premio. Al final, el paseo merecido por las horas entregadas. Ya todo estaba hecho. Cuando se ha entrenado, dice Will, mi entrenador, no se necesita suerte. Yo iba tranquilo porque aunque sabía que no sería el primero, ni el mejor de los corredores, tenía todo para llegar hasta el final. Tal vez si hubiera seguido el plan de manera precisa podría estar más confiado, pero había hecho lo que era posible de acuerdo con los otros compromisos y propósitos en mi vida. El viaje es otra meta, 13 horas, a travezar La Línea, esquivar mulas y buses son casi un cuarto de Ironman. Llegamos agotados.

    Una carrera larga como esta implica muchos planes. No sólo se trata de sentirse fuerte para correr. Hacen falta varios meses de entreno, mucha convicción y conocer algunos detalles técnicos de las bicicletas, saber ubicarse en el agua para no nadar zizageante, ensayar las transiciones entre el agua y la bici, y la bici y la trotada, tener los zapatos adecuados, sobre todo cuando se tienen pies deformes como los míos, entre otros detalles.

    Al fin estábamos en la salida. Eran las 6 de la mañana del sábado 13 de diciembre. Me había despertado a las 4 y15 minutos. Desayuné Herbalife y proteína en agua, porque la leche puede digerirse mal cuando haces este esfuerzo y en 6 horas pasan muchas cosas con el cuerpo. Entré al agua para nadar unos 5 minutos y disminuir la probabilidad de pánico que puede dar la inmensidad de las aguas abiertas, el frío y la presión en el pecho que ejerce el traje de neopreno. No hubo pánico y el agua se sintió fresca. Había algunas espinitas en el piso de la orilla. La carrera salió a las 6 y 20 minutos. Nadé la primera vuelta de 950 metros tranquilo. Sin saber muy bien en que parte del grupo estaba. Disfrute cada brazada, y me sentí ubicado en mi recorrido hacía las boyas. La siguiente vuelta se pasó más rápido, salvo por el ardor que me generó el roce del traje con mi cuello. Olvidé echarme body glade, alcancé a pensar en la última arista del triangulo. Terminé con un tiempo un poco más largo de lo planeado: 43:10. Pero salí sin mareo, y sintiéndome muy fuerte para subir los 200 metros de escaleras que nos separaban del parque de bicicletas.

    Hice la transición un poco tiempo y estuve montado en la bici más rápido de lo que pensé. Vendrían 90 kilómetros rompiendo las piernas. Sabia que tenía que hidratarme, comer un poco durante el recorrido y chuparme al menos 3 geles. No correría mucho en las bajadas, para evitar una caída y me regularía. Hice las primeras 3 vueltas de 18 kilómetros cada una, en un buen promedio de 37 minutos. A partir de la 4 vuelta empecé a sentir el tiempo acumulado. Las ultimas vueltas, las dí un poco más lento a 42 minutos en promedio, terminando los 90 kilómetros en 3 horas y 18 minutos. La llegada de la última vuelta terminaba en un repecho de 200 metros, bastante empinado que obligaba a subir con relaciones bajas, e incluso a pararse en los pedales para sacarlo rápido. Luego de haber hecho 4 vueltas, y algo así como 89 kilómetros y 800 metros, es fácil imaginar que esos 200 metros son un parto de ácido láctico. Lo interesantes es que luego de todo el recorrido, lo único que pensaba era: bien ya sólamente, ojo, solamente, me quedan 21 kilómetros corriendo. Mirando hacia atrás era el tercio final de la carrera, y en términos de kilómetros sonaba poco frente a los 90 kilómetros en bicicleta. Pero 21 kilómetros es una media maratón, lo que es un reto para la mayoría de deportistas aficionados y un distancia casi imposible para millones de mortales. A mí, sin embargo, por el poder de la mete, subido en mi bici, parado en los pedales y haciendo los últimos 200 metros de una subida de la gran put... me parecía que sólamente eran 21. Hecho lo más hecho lo menos, le repetía a mi cuerpo. Cuando me bajé de la bici mi dedo gordo del píe derecho (si el de la lesión) estaba insensibilizado. No sentía ni dolor ni placer, simplemente el dedo no existía para mi médula. Eso me preocupó un poco, pero de nuevo: sólo me faltaban 21 kilómetros. Hice la transición con calma. Ya llevaba 4 horas de carrera y 2 minutos más, 2 minutos menos, me tenían sin cuidado. De todos modos fui eficiente en la transición. Me puse medias, cambié de gafas, cargué unas pastillitas de electrolitos (jelly belly), me tomé el Gatorade que me quedaba de la bicicleta, me puse los tenis y la cachuca y arranqué a correr.

    Por mi pulso podía correr más duro, pero no tenía piernas con qué. Mi médula se acordó de mi píe y empezó a doler en el kilómetro 2. Sabía que tenía que regular el ritmo, porque los 27 grados centigrados podrían deshidratarme, y que mi pie no resistiría un sobre esfuerzo. Así que me olvidé del tiempo y decidí hacer la carrera entera corriendo a pasito tuntun. Iba suave, como las señoras del parque el Virrey, o como esos gorditos que les recetan ejercicio. Así pasé por el kilómetro 5, el 6, 7, 11, 14. Fueron kilómetros solitarios, pero siempre iba y venía algún cristiano, en bici, corriendo. Entre los corredores nos saludábamos sin hablar, pero nos enviábamos una voz de animo. A partir del kilómetro 15 la cosa fue mucho más dura para la mente. Yo sabía que con este ritmo, así mis calorías estuvieran quemadas casi en su totalidad, podía terminar. Esos 6 kilómetros que quedaban serían solitarios. El lago a mi derecha y la carretera entera para mi solito. De vez en cuando pasaban las motos de los jueces, pero no se detenían a dar ánimo. Uno que otro campesino camino a su casa de mal genio porque le habían cerrado la carretera por una competencia que no le interesaba. Y lo más difícil, el sol del medio día inclemente, quemándome con su vitamina E. Esos 21 kilómetros son largos. Me arrepentí de haber pensando en el "solamente" cuando estaba acabando la bici. Con el sol a cuestas, el dedo adolorido, mucha hambre y dolor de cuanta cosa, tuve que iniciar la última subida de 4 kilómetros. No era una subida tan empinada como el cerro de patios, pero mis piernas se sentían como subiendo a monserrate. En el kilómetro 18 (ya lo sabía) estaba el último punto de hidratación. Los 3 kilómetros finales (de subida) había que hacerlos sin líquido y con ese sol... ¿que putas hago acá? ¿cómo demonios se me ocurre correr un medio ironman? ¿acaso yo no estudié derecho? ¿Es sábado a medio día y mis papás deben estar almorzado delicioso? ¿qué rico un pollo? ¿cuántos pasos habré dado? ¿porqué putas nadie me anima? ¿cuál es el sentido de la vida? ¿cuantos años vive un loro? ¿porque putas olvide el trisuit y me tengo que aguantar esta peladura en el culo? (nota explicativa: corrí con un bicicletero corriente que tiene una almuadita para la silla de la bici. Es perfecto para los 90 kilómetro sentado en el sillín, pero rompe la piel luego de 10 kilómetros corriendo). ¿Será que vuelvo a correr una cosa así de larga? ¿estos élite están descanzando hace más de 2 horas? En medio de estas preguntas empecé a sentir deshidratación: piel de gallina, frío, garganta seca, dolor de cabeza. Puta... que tal que me desmaye acá. Tengo que tomar agua. Qué cosa tan dura. Rogaba a los vientos para que soplaran para bajar mi temperatura. Cuando, de repente, en el piso, una bolsa de agua a medio terminar. Seguramente de otro corredor. Sin pensarlo, la recogí del piso, seguí corriendo, limpié la boca con algo del agua que quedaba, y tomé 2 sorbos muy calientes y me bañé con el resto. Quedaban 1300 metros de subida y 200 metros rodeando el pueblo. Solo 1500 metros en total... teóricamente no era nada, pero me parecían imposibles. De todos modos, vi mi reloj, 75% de mi capacidad cardíaca. Puedo darle más duro. Acabemos esta vaina de una vez, vamos a comer y a dormir, me dije a mi mismo en un diálogo interior.

    Subí el ritmo. Ahí, en ese desierto hubo fuerza en mí para ir más rápido. A ese ritmo serian entre 6 y 7 minutos de carrera. Ya podía ver el aviso de entrada el pueblo: DARIEN. Sentí un escalofrío de emoción. Entrando al pueblo un policía me dijo le queda poco. Un señor mayor me dijo vamos muchacho ya no queda nada. No pueden imaginarse lo valioso de esas palabras. Energía pura corrió por mis venas. Fuí entrando al pueblo. Olía a pan y a chicharrón y me dieron ganas de chicharrón. Había un señor con frutas, y ese ambiente de pueblo desordenado. Mi pecho estaba lleno de fuerza. En las esquinas los policías me iban indicando los giros. Entré a la plaza principal y había que darle la vuelta. De repente escuché un grito de Will, el entrenador, viene Juancho... si es Juancho, vamos Juancho, vamos, gritaron aquí y allá. Eran 150 metros. Pasé por la Iglesía y mi emoción era inigualable. Crucé la meta en 6 horas y 57 minutos. Lo que se siente se debe parecer mucho al paraíso. Quise llorar, pero no había de dónde. Abracé a mis compañeros a mi coach. El mejor regalo de 4 meses y un poco más de entrenamiento. La meta conseguida. El sentirme tan vivo.

    Por llegar faltaban Nata y tres triatletas más. Llegaron a los 8 minutos. Iban juntos. La ambulancia detrás, cerrando la carrera. Entraron a la plaza. Todos gritábamos emocionados, por estar juntos, al cruzar por la última esquina se cogieron las manos y cruzaron la meta juntos. Escalofrió de nuevo y un abrazo muy emocionado a mi pequeña. Lo logramos. Estoy muy orgulloso de ella que se corrió esos 21 kilómetros con un dolor de estómago que la ataca en las carreras.

    Para sorpresa, en la premiación me dieron el tercer lugar de mi categoría. Es difícil de creerlo. Un recuerdo material de mucho esfuerzo y muchas emociones.

    Hoy me pregunto ¿porqué se sienten tantas cosas cuando se cruza la meta? de ¿dónde viene esa sensación tan limpia de felicidad? Apunto a responder que lo más hermoso de cruzar una meta deportiva, a diferencia de cuando se cruzan otras metas, es que en un instante muy preciso, con tiempo exacto, se sabe que las horas dedicadas para conseguirla valieron la pena. Es una representación simbólica y muy concreta, de todo el camino que se recorre para poder estar un día en la línea de salida confiando en que todo salga bien. Cómo el sábado.

    Se les quiere,


    Juancho

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