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    domingo, 1 de mayo de 2011

    La vida es un camino. Notas vitales sobre nuestro regreso del Camino de Santiago


    ¿Tiene corazón este camino? Hice pública esta pregunta antes de partir (ver post) y dí cada paso sonriendo con el corazón, como dicen en Tai Chi. Mi cuerpo se puso a prueba.

    Todo comienza con un par de tennis, un morral, ropa de camino y una bolsa de dormir. Todo comienza con una decisión común de ir de peregrino, de hacer de las vacaciones un momento para despejar la mente y probar el cuerpo. Mi  camino comienza con miedo, porque el pie derecho estaba saliendo de un esguince. Comienza con incertidumbre sobre mis capacidades y con ganas de mirar adelante, de llegar al final.



    Éramos 4 los llamados, aunque en el camino se conocen nuevos peregrinos: intensos amigos ocasionales, que vas encontrando en cada etapa. También acá la metáfora del Camino se parece mucho a la amistad durante la vida. Cada etapa tiene sus amigos, sus conversaciones, sus historias. En cada etapa nacen amistades circunstanciales, que puede que no se encuentren sino hasta el final, o que se vuelven a cruzar en cualquier descanso, o cuando se aprieta el paso. A algunos, incluso, nunca los vuelves a ver, como nos pasó con dos Coreanos muy amables, uno muy parecido a mi suegro, en su versión oriental.


    Caminamos 183 kilómetros desde Vilafranca de Bierzo hasta Santigo de Compostela. En 7 etapas intensas que pusieron a prueba los entrenamientos, el fondo físico y mi capacidad para soportar el dolor de un esguince que no se curó por fisioterapia, sino por mi ganas de volver a sentirme fuerte, de cumplir la meta.


    El comienzo es el más duro. Mi cuerpo no está acostumbrado a caminar durante 7 horas seguidas, por más bici, natación y carrera a píe que haga. Es muy raro que dure 7 horas haciendo deporte, así que mi cuerpo me cobró la falta de costumbre. Los dos primeros días pusieron a prueba mi fortaleza y creo que me enviaron mensajes de humildad. Son las etapas en las que  redescubrí que me pueden salir ampollas, que un esguince no se cura fácil y que en cada kilómetro hay motivos para agradecer.

    Luego el cuerpo se va haciendo fuerte y en las siguientes etapas agradecí los buenos entrenamientos del pasado. Estar fuerte me permitió pensar en otras cosas. Me había prometido ser humilde, moderar el paso y conservar fuerzas, así que dejé volar mi imaginación hacía los recuerdos, tratando de inventarme un futuro que, a cada paso, me resultaba más incierto, porque sabía que el cuerpo puede fallar al ver peregrinos caminando cojos, curándose las ampollas o llegar más cansados que yo mismo. Además, el tirón del pie, el dolor de las plantas y las ampollas siempre estuvieron ahí para recordarme mis límites o para hacerme más resistente. 


    El caminar con Galicia es atravezar un territorio verde, poblado por campesinos ganaderos, neblinas constantes y valles bajos. Hay pueblos abandonados y pequeños poblados de producción de leche. Hay muchas casas abandonas, de puertas cerradas y ventanas rotas. Es el paso del tiempo, que no perdona ni a las piedras y nos pone a soñar en las historias de quienes las habitaron.  


    Hay muchas formas de hacer el camino: caminando, en bici, a caballo, sólo, en pareja, con amigos, con la familia, con el papá, con el hermano. Yo lo hice  con mi esposa (Natucha) y un par de amigos: Carolina Hoyos (Caro Pollos) y Juan Diego Rojas (Juan). Así que el camino no sólo fue para pensar. Hubo tiempo para intercambiar ideas y planear negocios, para filosofar sobre la vida, para reír, contar y hasta repetir historias, intercambiar ideas sobre el mundo, sobre las enseñanzas del camino. Cada camino es camino diferente dependiendo de con quien se haga. En este caso mis compañeros de viaje me parecieron fuertes, solidarios y empáticos. Natucha era la guía, estaba recaminando a Santiago, como ella dice, así que era la encargada de planear las etapas, los sitios de comida, la logística diaria. Caro y Juan fueron una pareja muy buena para viajar, con intereses similares a los nuestros y un perfil de gastos y rutinas parecido, así que fue fácil decidir dónde quedarnos, qué comer y cuándo. Volvería a viajar con ellos. 





    El camino te marca. Es como si cada huella que vas dejando se tatuara también en tu manera de pensar, en algún rincón de tu conciencia, de tu neo corteza. Viene siendo una de esas experiencias que te hacen sentir que hay un "tu mismo" antes y un "tu mismo" después, como si la construcción de nuestra identidad no cayera ya en esa misma contradicción: somos los mismos, pero al mismo tiempo ya no somos los mismos. En el camino pasas constantemente por esa contradicción: eres el de siempre, pero a cada paso, en cada etapa, eres uno nuevo. El camino, como metáfora de la vida, me parece una imagen precisa de las victorias, miedos, esfuerzos y logros por los que vamos transitando al estar vivos. 


    Así fue el camino para mí: un viaje a mi interior, de ida y vuelta a mi realidad corporal y espiritual. Un transitar entre mis limitaciones y fortalezas. Un reflexionar sobre el presente, desde un pasado que ya fue y un futuro incierto. La verdad es que, me atrevo a decirlo sin arrogancias, así creo que es el camino para todos.


    Si que tuvo corazón este Camino.

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