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    miércoles, 22 de junio de 2011

    Por qué no volví a Venecia

    Hace un mes estuve en Verona, en compañía de mis amigos de la Universidad. Escribí un post sobre este viaje, confirmando que este blog se está convirtiendo cada vez más en un diario de viaje, con algunos comentarios ocasionales sobre la RSE o RSC, o sobre los asuntos de la gerencia responsable de organizaciones. Tiene que ver con que he recorrido un itinerario de aprendizaje que me han enseñado muchas cosas y entre más sé más me cuesta opinar, dar consejos, referenciar artículos. Escribo para no perder la costumbre, para pensar en las palabras, para filosofar de vez en cuando. Los viajes siempre me dejan con ganas de escribir

    Hoy me encontré con un texto de mi clase de derecho comparado de la universidad. La clase la daba mi profesor Diego López y era una reflexión sobre las funciones que tiene el derecho comparado en el aprendizaje jurídico. Una de esas funciones es servir como una herramienta de viaje a los terrenos desconocidos de lo jurídico a lo largo del mundo. Muchas veces para reafirmar prejuicios, otras para dejarse tocar por nuevas culturas. Su reflexión tiene que ver con el tipo de viajeros que somos  o con los turistas cómodos en los que nos han  convertido. 

    Así que no pude hacer otra cosa sino pensar en porqué no fui a Venecia en el viaje que hicimos Verona.  (Es imprescindible leer el post del viaje a Verona para entender). Entre mis amigos este tema se ha vuelto un asunto políticamente incorrecto. Por provocador. Les pido que sea un secreto.

    Me encantan los secretos, porque me encantan los rumores. 

    ¿Qué viajero soy?, ¿Qué viajero he sido? No lo sé. Sólo se que es fácil convertirse en el turista que nos han convertido. Acá la reflexión de mi clase de derecho comparado:

    "El viaje ha pasado a ser una presentación ficticia de lo más pintoresco, de lo más estereotípico, por medio de una “puesta en escena” que place al turista y le confirma las imágenes que esperaba encontrar. Por eso, con frecuencia el viaje ha sido transformado en un estar distante, a pesar de que se esté ahí. Las ventanas de los autobuses de lujo van ofreciendo imágenes televisivas de la población, de su cultura y geografía. Las imágenes están  fabricadas, tanto como lo son los parlamentos y las tomas de una producción televisiva. Los sitios y espectáculos para turistas son ya bien reconocidos. Los locales, por su parte, han identificado sus santuarios donde la verdadera cultura es preservada. Son, por definición, los sitios no accesibles al turista de autobus donde es posible entrar en contacto con la verdadera cultura indígena. Los locales, igualmente, desprecian las exageraciones y misitificaciones que sufre lo auténtico en las presentaciones estereotipadas, festivas, casi histéricas, que son fabricadas para el consumo del turista.  Los locales, sin embargo, también aprecian al turista que se muestra dispuesto a gastar el esfuerzo y el tiempo que requiere una observación más lenta y detallada de la cultura local"
    Por eso me quedé con los locales. 

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