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    miércoles, 1 de junio de 2011

    Verona Italia

    Llegué solo al aeropuerto porque Esteban se complicó y me mandó un SMS: ve siguiendo. Decidí esperarlo en el Aeropuerto y no en Plaza España porque el sol estaba ardiendo en el cenit y ni siquiera la fea mole del centro comercial Arena lograba darme sombra. Me dormí en el bus porque había corrido por la mañana. Bajé en la T2, que es la más vieja de las terminales del Prat y que siempre confundo, porque no logro entender porque la más nueva es la T1 y las más antigua es la T2, me parece que no sigue la secuencia más lógica. Me tomé una orchata con un bocadillo de jamón serrano y abrí el libro de Punset que tenía en la maleta: Escusas para no pensar, como si las necesitara, como si el libro desordenado que escribe Punset no diera ya mucho en qué pensar.

    Anna llegó justo cuando había leído la primera línea y curiosamente ella fue la segunda. Nata debía venir con Walter, Diego y Aurora. Esteban seguía siendo una incógnita. ¿qué extraño que no hubiese llegado ya, si me dijo que ya iba para el metro? Hay cosas que nunca entiendes, intuimos con Anna.

    Nata llegó corriendo, cuando quedaban 20 minutos para que cerraran la puerta del avión, de acuerdo con el itinerario. Yo salí corriendo con ella a poner el sello que Ryanair exige a los que somos extracomunitarios. La fila estaba lenta y mientras esperábamos llegó Esteban con el dedo cortado y a mi me pareció que estaba lleno de yogurt de vainilla. "Es que se me rompió el desodorate y cuando lo saqué me corté". No era yogurt, era desodorante. Tuvimos el sello cuando quedaban 4 minutos oficiales para que cerraran el vuelo. Corrimos por el corredor, nos quitamos el cinturón, los zapatos, las llaves, la dignidad, para poder pasar más rápido por el control de seguridad.

    Llegamos a tiempo. De todos modos, no fue grave, porque nadie había entrado al avión.

    Llegamos a Bérgamo, un ciudad que, según Walter, era "cerquitita" de Verona. De ahí cogimos un bus, dos trenes muy llenos de 1 hora y pico cada uno y en 3 horas nos encontramos con Ernesto, el padre de Walter, en la estación de trenes de Verona. Esa noche cenamos una pizza crujiente, de masas suaves y verduras frescas. Aunque estábamos en Verona nos dijeron que era una de esas pizzzzerías al mejor estilo Napolitano. También bebimos un ligero vino blanco y helado, que ayudó a inundar el cansancio.

    En la noche conocimos a los amigos de Walter, todos muy grandes y hippies, con quienes hablamos de la "spanish revolution", de Berlusconi, de Obama, de Osama, de Mubark, hasta poco más de las tres de la mañana cuando el cansancio nos ganó esta batalla.

    En la mañana del sábado dormimos hasta las 11, porque estaban cerradas las persianas. La mezcla mortal de oscuridad y cansancio alargó la noche y acortó el día. Fuímos al mercado para comprar el desayuno y disfrutamos mucho de la variedad de quesos, embutidos, yogures, pastas, aceites, y etc, y etc, de cada producto había miles de opciones tan variadas como deliciosas.

    Salimos rumbo a la región de Soave, a Castelcerino, a la casa de los padres de Walter, que parece encallada en un mar de viñas verdes suaves y soaves. El paisaje me recordó las vistas de la casa de mis papás en Guatavita, sólo que en vez del lago había viñedos. Comimos y decansamos. Anna y Esteban prefirieron ir a Venencia y los demás nos quedamos en plan de visitar el castillo de Soave y tomarnos un vino dentro de sus murallas.

    Llegamos a Verona a las 8 y 20 de la noche y comenzamos un recorrido completo por la ciudad, de la plaza Dante al balcón de Romeo y Julieta, pasando por la Arena y el puente piedra. Cada esquina tenía una historia que los padres de Walter, el Ernesto y la Maria Rosa, nos iban contando en intervalos que parecían muy bien ensayados por lo fluídos y precisos. No sólo nos enseñaron algo de la historia de Verona, sino que nos permitieron vivir con ellos el orgullo por su ciudad. Disfruté la visita que duró hasta las 12 de la noche, aunque tuve que luchar contra mi alergia primaveral.

    Ese día comimos pizza de nuevo y fuímos a dormir más temprano, para ir al lago di Garda.

    El lago di Garda es un inmenso paraíso azul que da cuenta precisa del buen gusto italiano, de su placer por la buena comida y los objetos de lujo como los carros deportivos, las motos de velocidad, los veleros y las lanchas a motor. En el azul del lago se reflejan montañas de piedra, castillos medievales y nubes de algodón. Sus aguas son frescas y sus playas de piedra te desconectan de la realidad.

    El regreso fue para Nata y para mí fue un poco más fácil. Walter nos dejó en una estación intermedia entre Verona y Bérgamo y pudimos llegar sin problemas. Sin embargo, Anna no corrió con la misma suerte y duró viajando entre trenes, esperas y equivocaciones más de 7 horas de viaje entre Venecia y el aeropuerto de Bérgamo. Gracias a dios que nosotros decidimos quedarnos en Verona, tomando vino, dándonos tiempo para oír las historias de los padres de Walter, con los sentidos atentos para saborear las emociones de los italianos. Venecia será en otra ocasión.

    El regreso vino acompañado de la nostalgia de que no durara un poco más, con la gratitud por las atenciones recibidas, las ganas de compartir estas experiencias con mi familia, y la sensación de contar con buenos amigos.

    2 comentarios:

    1. ¡Hola!
      Estoy de Erasmus en Padua y me conozco las combinaciones de trenes del norte de Italia entre aeropuertos, y quería informarte de cómo llegar a Venecia desde Bergamo sin dejarte ni un pastizal ni 7 horas de viaje.

      Te explico, más bien, cómo ir de Venecia a Bergamo:

      1)Tienes que coger un tren que va de Venecia hasta Brescia (unos 30€ con precio normal; 15€ con precio reducido de sábados, gracias a la Carta Freccia, una tarjeta gratuita que puedes hacerte en www.trenitalia.it). Ese tren tarda 1,40h
      2)Desde Brescia, hay buses hasta el aeropuerto de Bergamo, que tardan 1h y cuestan 9€.

      Y ya tá =)

      No vuelvas a quedarte si ver Venezia!!

      Y ya está =)

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    2. Hey, Fiera de mi niña. Gracias por tu comentario. Lo tomaré en cuenta. A Venezia ya he ido y volveré, pero quiero volver a vivirla más lento. Ojalá con un local o por lo menos con más tiempo.

      El consejo del tren quedará apuntado!

      Y ya está!!! ;)

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