Nata llegó corriendo, cuando quedaban 20 minutos para que cerraran la puerta del avión, de acuerdo con el itinerario. Yo salí corriendo con ella a poner el sello que Ryanair exige a los que somos extracomunitarios. La fila estaba lenta y mientras esperábamos llegó Esteban con el dedo cortado y a mi me pareció que estaba lleno de yogurt de vainilla. "Es que se me rompió el desodorate y cuando lo saqué me corté". No era yogurt, era desodorante. Tuvimos el sello cuando quedaban 4 minutos oficiales para que cerraran el vuelo. Corrimos por el corredor, nos quitamos el cinturón, los zapatos, las llaves, la dignidad, para poder pasar más rápido por el control de seguridad.
Llegamos a tiempo. De todos modos, no fue grave, porque nadie había entrado al avión.
En la noche conocimos a los amigos de Walter, todos muy grandes y hippies, con quienes hablamos de la "spanish revolution", de Berlusconi, de Obama, de Osama, de Mubark, hasta poco más de las tres de la mañana cuando el cansancio nos ganó esta batalla.
En la mañana del sábado dormimos hasta las 11, porque estaban cerradas las persianas. La mezcla mortal de oscuridad y cansancio alargó la noche y acortó el día. Fuímos al mercado para comprar el desayuno y disfrutamos mucho de la variedad de quesos, embutidos, yogures, pastas, aceites, y etc, y etc, de cada producto había miles de opciones tan variadas como deliciosas.
Salimos rumbo a la región de Soave, a Castelcerino, a la casa de los padres de Walter, que parece encallada en un mar de viñas verdes suaves y soaves. El paisaje me recordó las vistas de la casa de mis papás en Guatavita, sólo que en vez del lago había viñedos. Comimos y decansamos. Anna y Esteban prefirieron ir a Venencia y los demás nos quedamos en plan de visitar el castillo de Soave y tomarnos un vino dentro de sus murallas.
Ese día comimos pizza de nuevo y fuímos a dormir más temprano, para ir al lago di Garda.
El lago di Garda es un inmenso paraíso azul que da cuenta precisa del buen gusto italiano, de su placer por la buena comida y los objetos de lujo como los carros deportivos, las motos de velocidad, los veleros y las lanchas a motor. En el azul del lago se reflejan montañas de piedra, castillos medievales y nubes de algodón. Sus aguas son frescas y sus playas de piedra te desconectan de la realidad.
El regreso fue para Nata y para mí fue un poco más fácil. Walter nos dejó en una estación intermedia entre Verona y Bérgamo y pudimos llegar sin problemas. Sin embargo, Anna no corrió con la misma suerte y duró viajando entre trenes, esperas y equivocaciones más de 7 horas de viaje entre Venecia y el aeropuerto de Bérgamo. Gracias a dios que nosotros decidimos quedarnos en Verona, tomando vino, dándonos tiempo para oír las historias de los padres de Walter, con los sentidos atentos para saborear las emociones de los italianos. Venecia será en otra ocasión.
El regreso vino acompañado de la nostalgia de que no durara un poco más, con la gratitud por las atenciones recibidas, las ganas de compartir estas experiencias con mi familia, y la sensación de contar con buenos amigos.
¡Hola!
ResponderEliminarEstoy de Erasmus en Padua y me conozco las combinaciones de trenes del norte de Italia entre aeropuertos, y quería informarte de cómo llegar a Venecia desde Bergamo sin dejarte ni un pastizal ni 7 horas de viaje.
Te explico, más bien, cómo ir de Venecia a Bergamo:
1)Tienes que coger un tren que va de Venecia hasta Brescia (unos 30€ con precio normal; 15€ con precio reducido de sábados, gracias a la Carta Freccia, una tarjeta gratuita que puedes hacerte en www.trenitalia.it). Ese tren tarda 1,40h
2)Desde Brescia, hay buses hasta el aeropuerto de Bergamo, que tardan 1h y cuestan 9€.
Y ya tá =)
No vuelvas a quedarte si ver Venezia!!
Y ya está =)
Hey, Fiera de mi niña. Gracias por tu comentario. Lo tomaré en cuenta. A Venezia ya he ido y volveré, pero quiero volver a vivirla más lento. Ojalá con un local o por lo menos con más tiempo.
ResponderEliminarEl consejo del tren quedará apuntado!
Y ya está!!! ;)