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    lunes, 12 de diciembre de 2016

    Auroras Boreales de un contexto complejo

    Juan Andrés Cano García
    En el Atlántico
    12 de diciembre de 2016

    Notas de un ciudadano que asistió a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Paz a Juan Manuel Santos 

    Con Per Saxegaard, director de la
    Business for Peace Foundation
    El City Hall de Oslo es un edificio inmenso. Es un cubo de ladrillo, con una entrada de largas escaleras, de esas que debes caminar de una en una, con zancadas. Llegué en metro. Usé esmoquin porque aunque estaba formalmente invitado a la ceremonia, nunca recibí la nota formal que indicaba que debía usar traje oscuro, lo que en Colombia llamamos traje de Cóctel y no corbata negra, que es lo que indica deber de usar esmoquin. Cuando estaba decidiendo que usar busqué un video de las entregas pasadas y me pareció que todo el mundo usaba esmoquin. Así que alquilé uno en Barcelona. Estaba incómodo desde que salí del hotel. Llevé cerrado mi abrigo de plumas, soportando el calor, para que en el metro no vieran el gracioso corbatín. Me bajé una estación antes, para comprar unas mancornas que olvidé en casa por la presión de la salida. Lo de usar esmoquin en esta ceremonia es el tipo de cosas que me pasan, aun no tengo claras todas las reglas de la etiqueta que debería conocer. Afortunadamente, otros 10 o 20 incautos cometieron el mismo error y en Noruega la formalidad es flexible. Al fin y al cabo, la paz era lo que convocaba. 

    Caminé desde la estación hacía el Gran Hotel. Grandes coches negros, cámaras de televisión y seguridad esperaban la salida del presidente Juan Manuel Santos. Los turistas escandinavos se escurrían en el tumulto de la prensa internacional para poder quedarse con un recuerdo en su móvil de estar cerca de la salida de un premio Nobel. Pude observarlos con cierta distancia, porque sabía que estaría en la Ceremonia. Tomé un par de fotos y las envíe a mi familia, a mis amigos y a mis socios. 

    Llovía una lluvia suave, que dejaba caminar. Atravesé el parque y doblé a la derecha buscando el cubo inmenso. El camino es en bajada pues el City Hall queda camino al puerto, hacía el mar. 
    Llegué pronto. A las 11 y 30 debía encontrarme con Per, el director de la Fundación Business for Peace. Estuvimos coordinados, con la buena suerte de vernos antes de los filtros de seguridad. En ese momento supe que estaba sobre vestido, pues tuve que quitarme el abrigo y me convencí, que me habría ahorrado 90 euros si hubiera preguntado. Debía mostrar mi pasaporte y mi invitación con un código de barras. Rubias policías me recibieron con una sonrisa azul profunda. 

    En la espera había café, agua, jugos de naranja y de frutos rojos y unos pastelitos dulces. Dejamos los abrigos y empezamos a saludar gente de todas partes del mundo. Había muchos colombianos, de todas las regiones. Algunos vestidos con trajes típicos, otros más formales, un par de esmóquines más. Estaban los negociadores del proceso de paz, ex presidentes, periodistas reconocidos, diplomáticos. Los colombianos nos reconocíamos. Estábamos vestidos con mayor formalidad, las mujeres con más maquillaje y peinados mas cuidados.  Discretamente nos sonreíamos. Cuando escuchaba a alguno a mi lado lo miraba con disimulo e inventaba historias sobre su tarea en el proceso de paz. A las víctimas no se les reconocía sino por su alegría. Muchos se tomaban fotos entre ellos. Habría querido hablar con todos, pero no era fácil. Estaba siempre conociendo a alguien nuevo, algún embajador de Israel y luego, paradójicamente, un líder político palestino. Estuvimos hablando un rato con una académica de las relaciones internacionales que era experta en Rusia; nos dijo que no creía que Putin hubiera apoyado a Trump, pero con Rusia nunca se sabe, al parecer todos los mensajes son muy bien pensados y controlados. Luego conocí a algunos diplomáticos Noruegos, líderes escandinavos de importantes ONGs como Amnistía internacional, al alcalde de Oslo y a uno que otro profesor. Sólo pude hablar con dos Colombianos. Con Hector Abad Faciolince, con quien coincidimos dos veces: pidiendo café y antes de entrar al gran salón en el baño. También hablé con mi vecino, un joven estudiante de derecho penal en una universidad Noruega. No había muchos empresarios, hombres y mujeres de negocios. Mi cálculo es que la mayoría eran gente de estado, luego académicos y algunos periodistas. Los discursos tampoco se refirieron al sector empresarial en los pasados conflictos ni a su rol en el camino recorrido o en el que vendrá. Es curioso como funciona mi memoria, por que no recuerdo el nombre de casi nadie y nadie llevaba tarjetas, pero recuerdo las conversaciones, el color de las flores colombianas y el brillo de las trompetas que anunciaron la llegada del presidente Juan Manual Santos y su familia y luego, con otra melodía, el de la familia real. 

    Luego siguieron los discursos que llenaron el ambiente de esperanza. Mientras hablaba la directora del Comité Noruego pensaba que si yo hubiera nacido 40 años antes habría sido más divertido contar esta historia, porque varios amigos me escribían por WhatsApp que estaban viendo y escuchando en directo. En varios momentos la gente tomaba fotos y hacía videos. Imagino a muchas familias y amigos pidiendo primicias. 

    Santos comenzó a hablar y durante 40 minutos mantuvo a la gente atenta, conectada. El presidente, sin notas visibles, hiló un discurso profundo y simple al mismo tiempo. Manejó el ritmo con maestría, se permitió silencios y se dejó emocionar. Las casi 800 personas en el recinto escuchamos atentos, aplaudimos e incluso lloramos de emoción con algunas palabras. Mi balance es que fue un gran discurso. Sin embargo, creo que fue en exceso optimista y que le hizo falta hablar del gran reto que nos queda como país. El mensaje de la lucha contra las drogas fue adecuado y aprovechó que el mundo podría estar escuchando. Le habló a la oposición sin mencionarlos directamente y mostró el liderazgo que Colombia puede tener como nación. Los aplausos se sentían sinceros y en la salida se oían muy buenos comentarios. En la noche del sábado cené con el Ombudsman de Noruega, quien consideró que fue uno de los mejores discursos que jamás había oído. 

    Partí de Barcelona el miércoles 7 de diciembre con el objetivo principal de vivir un pedazo de la historia de Colombia. Un paso que es grande y que todos sabemos simbólico, pero poderoso a la vez. El jueves, por una mezcla de buena suerte y determinación vimos la aurora Boreal, esas luces que sólo se pueden ver cuando estás más al norte de la linea del círculo polar ártico. Las luces son púrpuras, rojas, azules pero fundamentalmente verdes. Son una sinfonía de colores que mueve lo más profundo de los sentimientos. Para verlas tuvimos que tomar un avión de una hora y veinte minutos desde Oslo rumbo Tromsø y contratar un guía que nos llevó a más de 200 kilómetros lejos de la costa, a Finlandia, para poder encontrar un espacio sin nubes. De un momento a otro, a eso de las 10 de la noche, la naturaleza decidió regalarnos las luces, parecía que nos quería recordar la grandeza de la creación. Fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida, porque me sentí conectado con el universo en esa forma que sólo pueden explicar los místicos. 

    El sábado 10 de diciembre, acompañado de cientos de personas de todas partes del mundo, de diferentes razas y religiones, de diferentes géneros y orientaciones sexuales, de diferentes comunidades, hablando diferentes lenguajes y de diferentes culturas, en un edificio emblemático, a eso de las 2:30 de la tarde, pudo haber sido otro de los momentos más emocionante de mi vida. De nuevo, estaba conectado con el universo, pero esta vez a través de otros seres humanos. 

    Las auroras boreales son efímeras, se requiere suerte y determinación para verlas. Si falta alguna de las dos serán esquivas. Momentos así de humanos, llenos de esperanza también son efímeros, son pequeñas luces de esperanza, verdes como las boreales, que nos hacen creer que el mundo es mi pueblo y mi raza la humanidad, como dijo el ganador del Premio Nobel 2016. 



    Juan Andrés Cano

    1 comentario:

    1. Hola.
      Te escribe Maria Ordoñez, un placer saludarte.

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